Los dos chivos, y la expiación que nos une.

La lectura de la Torá de esta mañana, Ajarei Mot (Vaikrá 16), nos lleva de regreso al Mishkán, a un momento dramático y poco comprendido de todo el servicio de Iom Kipur: el ritual de los dos chivos.

El texto es extraño, casi cinematográfico. Se traen dos chivos, idénticos en apariencia, en tamaño, en valor (así lo exige la halajá posterior). Y sobre ellos se echa suerte: “venatán Aharón al shnei haseirim goralot: goral ejad laA´, vegoral ejad laAzazel” — “Aharón pondrá
suertes sobre los dos chivos: una suerte para Hashem y una suerte para Azazel” (Vaikrá 16:8). El que cae “para A´” se ofrenda dentro del Mishkán y muere. El otro, cargado con las transgresiones del pueblo, es enviado al desierto, hacia Azazel, para nunca volver, y vive.
Es una imagen que incomoda un poco, y con razón: dos animales exactamente iguales, y el destino  de cada uno decidido no por mérito ni por elección, sino por sorteo. Pero ahí, justamente, está el primer mensaje de esta lectura para nosotros. El goral, la suerte, no
distingue. Lo que separa a un chivo de otro no es nada que ellos hayan hecho: es puro azar.

Y sin embargo ambos, el que vive y el que muere, cumplen la misma función: cargar, juntos, la expiación de todo un pueblo.
Pero el detalle central de esta lectura —el que más vale la pena detenerse a mirar—aparece unos versículos antes, cuando la Torá describe qué debía hacer el Cohen Gadol antes de tocar siquiera al pueblo. Dice así: “veciper baadó uvead beitó uvead kol kehal
Israel” — “y hará expiación por sí mismo, por su casa, y por toda la congregación de Israel” (Vaikrá 16:17). Una sola frase, un solo movimiento: expiación por sí mismo, por su familia, y por el pueblo entero, todo junto, todo a la vez. La Torá no permite que el Cohen Gadol separe su propia expiación de la del pueblo. No hay una etapa para “arreglar lo mío” y después, en otro momento, “ocuparme de los demás”. Es una sola avodá, indivisible.

Y todavía hay más. Cuando llega el momento de transferir las transgresiones al segundo chivo, la Torá describe algo muy preciso: el Cohen Gadol apoya sus dos manos sobre la cabeza del animal y confiesa “et kol avonot bnei Israel veet kol pish’eihem lejol jatotam” —
“todas las iniquidades de los hijos de Israel, y todas sus rebeliones, y todos sus pecados” (Vaikrá 16:21). Fíjense que no hay una lista individualizada. No se nombra a cada persona con su falta particular. Todo el pueblo, con toda su multiplicidad de errores, queda
confesado en un solo gesto, sobre una sola cabeza animal, como si fuera (aunque sea por un instante) un solo cuerpo, una sola persona colectiva.

 

Esto no es casualidad y es, me parece, el corazón de uno de los mensajes de Yom Kipur. La Torá, en el texto que leemos justo esta mañana, nos está enseñando que la falta y la reparación no son asuntos puramente privados. Lo que cada uno de nosotros hizo o dejó de
hacer este año no queda aislado en un compartimento personal: se entrelaza con lo que hizo el resto del pueblo, se carga junto con las faltas ajenas, se sortea como los dos chivos, sin que podamos separar del todo “mi” transgresión de la transgresión ajena y colectiva.

Y si la falta se entrelaza, también la reparación. Por eso el Cohen Gadol no podía expiar solamente por sí mismo aunque quisiera: la Torá se lo prohíbe. Su teshuvá personal está atada, en el mismo versículo, a la de su casa y a la de todo Israel. Nadie se repara completamente aislado del resto ni nadie repara sólo por sí mismo, porque no somos sólo responsables de nosotros mismos sino también unos de otros y de la comunidad (“Kol Israel arevim ze la ze”, también en lo que necesita reparación).

Quizás esa sea la invitación de esta mañana. Cuando escuchamos leer estos versículos antiguos, extraños, casi arcaicos, pensemos que la Torá no nos está describiendo solamente un ritual del pasado: nos está diciendo cómo funciona, todavía hoy, la reparación
real. No alcanza con que cada uno arregle su propia cuenta en soledad. Estamos, como los dos chivos frente al sorteo, unidos en un mismo destino: lo que yo repare ayuda a reparar al pueblo, y lo que el pueblo repare me sostiene también a mí, y yo también tengo
responsabilidad en reparar las fallas, errores e inconductas institucionales si veo que hay cosas incorrectas y prácticas comunitarias que deben ser enmendadas.

Que este Iom Kipur nos encuentre, como al Cohen Gadol frente al pueblo entero, expiando baadó uvead beitó, uvead kol kehal Israel: por nosotros, por los nuestros, y por todo Am Israel, todo junto, todo a la vez.

Gmar jatimá tová

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