La lectura de la Torá de esta tarde suele desconcertar. Después de la mañana solemne, del relato del Cohen Gadol entrando al Kodesh HaKodashim, de los dos chivos y el sorteo, Minjá nos trae un capítulo legal, seco, incómodo: Vaikrá 18, la parashá de las relaciones
prohibidas. Generaciones de comentaristas se hicieron la misma pregunta que quizás se estén haciendo ustedes ahora mismo: ¿por qué esto, precisamente hoy, a esta hora, cuando ya llevamos casi un día entero de ayuno?
No vamos a resolver este tema esta tarde. Pero sí quiero detenerme en unos psukim que, a mi entender, enmarcan el capítulo, porque ahí, me parece, se esconde algo que tiene mucho que decirnos en este momento exacto del calendario.
La Torá empieza así: “Kemaasé éretz Mitzráim asher ieshavtem-bah lo taasú, ukemaasé éretz Knaan asher aní mevi etjem shama lo taasú, uvejukoteiem lo teleju” — “No harán como se hace en la tierra de Egipto, donde ustedes vivieron; y no harán como se hace en la
tierra de Canaán, adonde Yo los llevo; y no andarán en sus estatutos” (Vaikrá 18:3). Fíjense en la estructura: Israel está parado exactamente en el medio de dos lugares. Atrás, Egipto: el lugar donde vivieron, con sus costumbres ya conocidas, ya practicadas, casi automáticas.
Adelante, Canaán: la tierra prometida, todavía desconocida, con sus propias costumbres que tampoco hay que copiar sin más porque se presenten como “el futuro”. Y la Torá le pide al pueblo algo muy exigente: no repitas simplemente lo de atrás, pero tampoco adoptes sin
criterio lo de surja más adelante. Encontrá tu propio camino, sostenido en algo que es tuyo: “et mishpatái taasú veet jukotái tishmerú lalejet bahem” — “mis leyes harán, y mis estatutos guardarán, para andar en ellos” (18:4).
¿No es exactamente el lugar donde estamos parados hoy? Iom Kipur cae justo en esa bisagra del calendario judío: detrás queda un año entero, con sus hábitos ya instalados, sus errores repetidos tantas veces que casi se volvieron automáticos, nuestro propio “Egipto”, el
lugar de donde venimos, con costumbres que quizás ya ni cuestionamos. Y, adelante, un año nuevo que todavía no conocemos, con exigencias, comparaciones, y expectativas que tampoco sabemos bien de dónde vienen ni si son realmente para nosotros, nuestro propio “Canaán”, la tierra que se nos promete pero que aún no pisamos.
Y la Torá, leída justo en esta tarde de introspección, nos pide lo mismo que le pidió a aquella generación: no entres al año que viene copiando mecánicamente los patrones del año que se va. Pero tampoco entres angustiado, tratando de adivinar y replicar lo que “se
supone” que hay que hacer, lo que otros hacen, lo que el afuera, parece exigir. Encontrá tu propio camino, sostenido en algo tuyo y en los Principios Superiores de la Torá y la tradición judía.
Hay todavía otro pasuk más, un poco más adelante, que merece toda nuestra atención en este día que empieza a terminar. Dice la Torá: “Ushmartem et jukotái veet mishpatái, asher iaasé otam haadam vajái bahem, aní A´” — “Guardarán Mis estatutos y Mis leyes, que si el
hombre las cumple, vivirá por ellas; Yo soy A´” (18:5). Sobre este versículo, el Talmud construye uno de los principios más importantes de toda la halajá: “vajái bahem, veló sheiamut bahem”, “vivirá por ellas, y no que muera por ellas” (Sanhedrín 74a). De ahí nace el principio de pikúaj néfesh, la preservación de la vida por encima de casi cualquier mandamiento. La Torá, dice esta lectura, no fue dada para que muramos cumpliéndola sacrificándonos y martirizándonos por ella como hacen otras tradiciones, sino para que
vivamos, para darnos plenitud de sentido en esta vida que vivimos.
Y no es casualidad que nuestros sabios eligieran leernos precisamente este versículo en el momento más frágil físicamente de todo el día, cuando el cuerpo ya está débil, el hambre gruñe, y quizás también nuestro juicio empieza a nublarse un poco. Justo ahí, cuando más
tentados estamos de convertir Iom Kipur en un ejercicio de autocastigo demostrativo, de una competencia atlética de masoquismo, la Torá nos recuerda su propósito real: vajái bahem. Todo esto —el ayuno, el examen, la confesión— existe para que vivamos mejor, no
para que nos quebremos o celebremos la autoflagelación.
Que salgamos de esta tarde parados, como aquel pueblo frente al desierto, entre lo que fuimos y lo que todavía no somos, eligiendo un camino propio inspirado en la Torá y la tradición judía pero a la vez profundamente ajustado a las particularidades de cada uno. Y
que lo hagamos recordando que la meta de todo esto, del día entero, es la vida no solo biológica, sino como expresión de plenitud, de sentido, y de realización en felicidad.
Gmar jatimá tová.
