Kol Nidré: el perdón que empieza por uno mismo.

Esta noche, antes de que suene una sola palabra de plegaria, antes del Vidui, antes del Avinu Malkenu, nos paramos frente al Aarón haKódesh abierto y recitamos una fórmula legal. No es un poema, no es un salmo: es un texto jurídico arameo sobre la anulación de votos. Generación tras generación se preguntó lo mismo: ¿por qué empezamos el día más
sagrado del año con esto?


La Mishná en Yomá (8:9) nos enseña que Iom Kipur perdona las faltas entre el ser humano y Dios, pero las faltas entre una persona y su prójimo no se perdonan hasta que uno apacigua al otro. Por eso esta noche cargamos dos cuentas: la que tenemos con el Cielo y la que tenemos con quienes nos rodean.


Pero esta noche también tenemos una cuenta pendiente, una que casi nunca nombramos, y de la que, sin embargo, el Kol Nidré, en su esencia más profunda, viene a saldar: la cuenta que tenemos con nosotros mismos. Porque, ¿qué son los votos que anulamos esta noche? Son promesas a uno mismo. Son las exigencias que nos autoimponemos y con las que nos atamos nosotros mismos. Y, si somos honestos, la mayoría de los votos que realmente nos pesan no son los que hicimos  ante un tribunal ni a otra persona: son los que nos hicimos a nosotros mismos. “Voy a ser perfecto.” “No puedo fallar.” “Tengo que ser plenamente exitoso, a prueba de todo, invencible, siempre, en todo, a toda hora, sin descanso.” Son votos silenciosos, pero son los
que más nos encadenan, los que más culpa generan cuando —inevitablemente— los rompemos porque somos humanos.


El Kol Nidré nos enseña, ya desde la primera noche, que estos votos también pueden ser anulados. Que también podemos, y debemos, ser misericordiosos con nosotros mismos y liberarnos también a nosotros mismos de las ataduras que nos oprimen y que muchas veces nos auto infligimos.


Esto no es una idea ajena a nuestra tradición. Está en el corazón mismo de la Torá. En el libro de Vaikrá (19:18) leemos la mitzvá central de toda la Torá: veahavtá lereajá kamojá — “amarás a tu prójimo como a ti mismo”. Rabí Akiva la llamó, según nos cuenta el Talmud (Yerushalmi, Nedarim 9:4), klal gadol baTorá: un principio fundamental de toda la Torá.


Pero fíjense en la estructura del versículo: no dice solamente “ama a tu prójimo”. Dice “como a ti mismo”. La palabra kamojá no es un detalle menor ni una simple comparación de intensidad, es una condición. La Torá está dando por sentado que amarse a uno mismo es la base, la vara de medir, el punto de partida. No se puede dar lo que no se tiene. Si una persona no sabe ser compasiva consigo misma, si se trata con dureza, si no se perdona nunca, ¿de dónde va a sacar la compasión genuina para el otro?


Hilel lo dijo con una precisión que todavía nos interpela: Im ein aní li, mi li? (“Si yo no soy para mí, ¿quién será para mí?”, Pirké Avot 1:14). Y agrega enseguida: “Y si solo soy para mí, ¿qué soy?” El cuidado de uno mismo no es egoísmo: es el primer escalón de toda ética.
Sin ese escalón, el amor al otro se vuelve una actuación vacía, o peor, una exigencia más que nos imponemos para sentirnos valiosos.
No es raro ver que muchas veces la misma persona que se juzga a sí misma con dureza extrema y no se perdona nada termina, sin darse cuenta, juzgando al mundo entero con la misma dureza. La midá, la medida que usamos con nosotros, es la misma que terminamos usando con los demás. Por eso Dios se presenta a Moshé, en las Trece Middot (Shemot 34:6), como Rajum veJanún (misericordioso y compasivo). Si queremos parecernos a Él y ser kedoshim como él mismo es Kadosh, como pide la Torá (Vaikrá 11:44), también tenemos que aprender a ser misericordiosos y compasivos con nuestra propia persona.

Entonces esta noche, cuando volvamos a casa, pensemos no solo en los votos que hicimos ante otros. Pensemos en los votos silenciosos, imposibles, que nos hicimos a nosotros mismos durante este año que se va: la exigencia de no fallar nunca, el juicio implacable frente al espejo, la vergüenza que no soltamos por haber fallado.

Que el Kol Nidré también sea, este año, la anulación de esos votos. Que podamos decirnos, a nosotros mismos, lo que le pedimos a Dios que nos diga: salajti, “He perdonado”. Porque sólo quien aprende a perdonarse a sí mismo con la misma misericordia con la que pide perdón a Dios y a su prójimo, entra a Iom Kipur completo y sale completo. Y solo así, verdaderamente libres también de nuestras propias opresiones, podemos empezar el año que viene realmente puros y de cero.


Gmar jatimá tová.

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