Cinco días después del más solemne de los días del año judío, Yom Kipur, llega una de las festividades más físicas, sensoriales y, en cierto sentido, más paradójicas del calendario: Sucot, la festividad de las cabañas. Si Yom Kipur es una experiencia de
introspección intensa, vaciamiento corporal y confrontación con la propia finitud, Sucot es su contrapunto: fiesta colectiva, hospitalidad activa, contacto con la naturaleza y, sobre todo, práctica deliberada de la impermanencia.
El mandamiento central de Sucot (Levítico 23:42-43) es construir y habitar una sucá: una cabaña temporal de paredes y techo construido con vegetación natural cortada, donde se come, se recibe a invitados y, si es posible, se duerme, durante los siete
días de la festividad. El techo —llamado schaj— debe cumplir condiciones muy específicas: tiene que estar construido con vegetación cortada y ya no unida al suelo, y debe ser suficientemente abierto para que las estrellas sean visibles desde el interior durante la noche. Esta permeabilidad no es un defecto técnico que la halajá tolera: es una exigencia estructural. La cabaña de Sucot no puede ser hermética.
La tradición explica que Sucot conmemora los cuarenta años en los que el pueblo de Israel habitó en el desierto después de la salida de Egipto, cuando vivía en cabañas temporales al amparo de la nube de gloria divina. Pero la impermanencia que la
festividad evoca no se presenta como un castigo ni como una experiencia de carencia: el libro de Deuteronomio (16:15) llama a Sucot ‘Z’man Simjateinu’, el tiempo de nuestra alegría, y ordena explícitamente que uno sea ‘completamente feliz’ durante
sus días.
Desde una perspectiva psicológica, Sucot es una práctica anual y codificada de exposición voluntaria a la impermanencia. La investigación contemporánea sobre el bienestar ha señalado repetidamente que la capacidad de tolerar la vulnerabilidad —
sin huir de ella ni ocultarse— es fundamental tanto para la conexión genuina con otras personas como para la alegría sostenible a lo largo del tiempo. Sucot hace esto de manera concreta y literal: se sale de la casa sólida, climatizada y protegida, y se habita una cabaña en la que el viento puede entrar libremente, en la que las estrellas son
visibles desde adentro, y en la que el refugio es deliberadamente provisorio. Esta práctica tiene un efecto paradójico ampliamente documentado en múltiples tradiciones contemplativas: cuando dejamos de aferrarnos a la seguridad material
como condición para la alegría, somos capaces de agradecer lo que tenemos de manera más genuina e intensa.
Existe una costumbre cabalística, extendida desde el siglo XVI a raíz de las enseñanzas del maestro Isaac Luria en Tzfat, de invitar simbólicamente a siete figuras bíblicas a la sucá, una por cada noche de la festividad: Abraham, Isaac, Jacob,
Moisés, Aarón, José y David. Esta práctica de los ushpizin —que en arameo significa ‘invitados’— añade a la hospitalidad concreta hacia los vivos presentes una dimensión de memoria activa hacia los antepasados de la tradición. La sucá se convierte, así, en un espacio donde el tiempo se vuelve poroso: los muertos ilustres son invitados y sus enseñanzas, recordadas y actualizadas.
Otro elemento central de Sucot es el ritual de las cuatro especies: el etrog (una fruta cítrica de sabor amargo y aroma intenso), el lulav (la palma datilera), el hadás (el mirto) y el aravá (el sauce). Se toman juntas en las manos y se sacuden en seis
direcciones —norte, sur, este, oeste, arriba y abajo— como acto de gratitud que reconoce la presencia divina en todos los rincones del espacio. El cuerpo completo participa del ritual: las manos, el movimiento, el olfato. No es un momento de contemplación estática sino un acto físico que involucra al cuerpo entero en la práctica de gratitud.
La alegría de Sucot, curiosamente mandada por el texto bíblico, ha generado mucha reflexión rabínica: ¿puede ordenarse la alegría? La respuesta que emerge de la tradición es que lo que se ordena no es la emoción misma —imposible de controlar
directamente— sino la creación de las condiciones que la posibilitan: la comunidad reunida, la cabaña compartida, los invitados reales y simbólicos, la música, la gastronomía festiva, la gratitud activa. La alegría de Sucot es, en este sentido, una
alegría construida, emergente de un conjunto de prácticas cuidadosamente diseñadas para hacerla posible. Este enfoque, que la psicología contemporánea llamaría ‘diseño de condiciones para el florecimiento’, tiene en Sucot uno de sus
ejemplos más elaborados.
Sucot nos recuerda algo que la vida urbana contemporánea tiende a oscurecer: que la seguridad más profunda no proviene de las paredes que nos rodean, sino de la raíz interna que nos sostiene incluso cuando el viento entra por todas partes. La cabaña abierta a las estrellas es, en ese sentido, una metáfora tan válida hoy como cuando se formuló por primera vez hace milenios.
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Cita bíblica del episodio:
Levítico 23:42-43 — ‘En cabañas viviréis siete días… para que sepan vuestras generaciones que en cabañas hice vivir a los hijos de Israel cuando los saqué de la tierra de Egipto.’
Actividad familiar para hacer en casa:
CONSTRUIR UNA MINI-SUCÁ: En el patio, la terraza o incluso en el living si no hay espacio exterior. Materiales: cuatro palos de escoba, sábanas viejas para las paredes, ramas o plantas reales para el techo (schaj). Los chicos decoran las paredes con
dibujos de frutas, estrellas y los siete ushpizin (invitados sagrados). La regla del juego: que desde adentro se puedan ver las estrellas cuando sea de noche (o el cielo si es de día). Comer por lo menos UNA comida adentro de la sucá, aunque sea merienda.
Momento de reflexión:
Sentados dentro de la sucá (o con las ventanas abiertas si hace mucho frío): ¿Hubo algún momento en tu vida en que viviste con menos de lo que tenés ahora, y qué aprendiste de eso? ¿Qué tenés hoy que antes dabas por sentado y que ahora podés
agradecer?
Rabino Adir — Tefilat Keshet, Compartiendo Judaísmo en Diversidad — www.tefilatkeshet.com.ar
