Cuando Israel sale de Egipto, Moshé no se olvida de lo más frágil: los huesos de Iosef (Shemot 13:19). En medio del milagro del mar, la Torá nos recuerda que la redención no es solo cruzar hacia adelante sino también no dejar a nadie atrás.
Hoy, cuando vemos el esfuerzo hecho por recuperar el cuerpo de Ran Gvili para darle sepultura digna entre los suyos, la Torá vuelve a hablarnos: enterrar a los muertos es un acto de fidelidad a la vida del pueblo. La mitzvá de Kever Ysrael no es un gesto técnico, es una declaración de identidad: nadie queda fuera del cuidado colectivo, ni siquiera después de la muerte.
Por eso duele cuando, en nuestra realidad argentina, los cementerios judíos tradicionales se cierran a conversos sinceros o a sus descendientes. Si Iosef, vendido por sus hermanos, fue traído de vuelta para descansar entre los suyos, ¿cómo vamos a cerrar hoy las puertas del último descanso por egoísmos, exclusivismos, exclusionismos o actitudes supremacistas religiosos?
La redención comienza cuando cargamos con los huesos del otro, incluso cuando incomoda. Ahí la comunidad se vuelve realmente una.
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