En la paradhá de esta semana nos encontramos con uno de los pasajes más difíciles de la Torá: el juicio de la sotá de Bamidbar 5:11-31.
Se trata de un ritual misterioso y cargado de simbolismo: una mujer sospechada de adulterio por su marido sin prueba concluyente es llevada al Santuario para un ritual que pone su vida y su reputación en manos de lo divino a fin de despejar toda duda a su respecto.
A primera vista, este texto parece confirmar lo peor del patriarcado antiguo: una mujer puesta a prueba, mientras que el hombre queda exento de juicio. Sin embargo, muchos comentaristas modernos, especialmente desde el feminismo judío religioso, nos invitan a mirar más allá de la superficie.
1. Un sistema que limita la violencia masculina
La Dra. Tamar Ross, pensadora del feminismo ortodoxo, señala que “muchas veces la Torá regula y limita lo que en la práctica social antigua era más brutal” (Expanding the Palace of Torah, 2004).
En este sentido, el ritual de la sótá reemplaza lo que en otras culturas habría sido un castigo físico inmediato o incluso la muerte por sospecha. La mujer no es ejecutada ni maltratada: se apela a la justicia divina como único juez. El ritual no aprueba la violencia, sino que la restringe.
2. Una forma de agencia femenina en un mundo patriarcal
La rabina Danya Ruttenberg, del movimiento conservador (Masortí), escribe:
“Cuando leemos textos difíciles, no es para justificarlos, sino para preguntar: ¿qué grietas de posibilidad se abren incluso dentro de los sistemas opresivos?” (On Repentance and Repair, 2022).
En el caso de la sótá, la mujer tiene voz: puede confesar o mantenerse firme. El procedimiento incluso requiere su consentimiento explícito (según algunos midrashim), y si se niega, el ritual no continúa.
3. Una denuncia simbólica de los celos posesivos
La rabina Rachel Adler, figura clave del feminismo reformista, propuso en su texto “The Jew Who Wasn’t There” (1971) y más tarde en Engendering Judaism (1998) que la sótá también revela la destrucción interna que provocan los celos patriarcales. No es solo la mujer quien bebe las aguas amargas: es la sociedad entera la que traga la amargura del control, de la desconfianza, de la desigualdad. Al ritualizar los celos, la Torá los denuncia como problemáticos.
4. Más allá del texto: el abandono del ritual
Ya en tiempos del Segundo Templo, según la Mishná (Sotá 9:9), este procedimiento fue abandonado por el rabino Yohanan ben Zakkai porque el desbarajuste social era tan generalizado que el juicio ya no tenía más sentido.
Esto es fundamental: el judaísmo no se quedó atado a esta práctica. La halajá puede reconocer límites éticos y transformarse.
Desde una lectura religiosa positiva, no negamos el dolor o la incomodidad que puede provocar este pasaje. Pero lo leemos como parte de un diálogo continuo entre el texto, la tradición y la conciencia ética. Como dice la pensadora ortodoxa Blu Greenberg:
“Where there’s a rabbinic will, there’s a halakhic way” (Donde hay una voluntad rabínica, hay una salida halájica).
Que sepamos buscar, dentro de nuestra tradición, los caminos para construir un judaísmo más justo, más igualitario y más fiel al tzelem Eloqim —la imagen divina— que habita en cada ser humano, mujer u hombre.
Shabat Shalom.
Bibliografía breve para consulta:
– Tamar Ross, Expanding the Palace of Torah, Brandeis University Press, 2004.
– Danya Ruttenberg, On Repentance and Repair, Beacon Press, 2022.
– Rachel Adler, Engendering Judaism, Jewish Publication Society, 1998.
– Blu Greenberg, On Women and Judaism: A View from Tradition, Jewish Publication Society, 1981.
